Por descontado, el lector puede diferir de mí a este respecto, y cuenta con mi permiso para hacerlo.


—¿DeWar? ¿Eres tú? —El Primer Protector, Primer General y Gran Edil del Protectorado de Tassasen, general UrLeyn, se tapó los ojos para protegérselos del brillo que emitía la ventana de yeso y diamante en forma de abanico que había sobre el suelo de lustroso alabastro del salón. Era mediodía, y tanto Xamis como Seigen brillaban con fuerza en el cielo despejado del exterior.

—Señor —dijo DeWar mientras abandonaba las sombras de la esquina de la sala, donde se guardaban los mapas en un gran enrejado de madera. Hizo una reverencia ante el Protector y desplegó un mapa en la mesa que tenía delante—. Creo que este es el mapa que podéis necesitar.

DeWar, un hombre alto y musculoso que empezaba a adentrarse en la madurez, moreno de pelo, de piel y de ceño, con unos ojos profundos y oscuros, y un aire vigilante y meditabundo que se ajustaba a las mil maravillas a su oficio, definido en una ocasión como el asesinato de los asesinos. Parecía relajado y tenso a un tiempo, como un animal perpetuamente agazapado y preparado para saltar, aunque muy capaz de permanecer en esa posición todo el tiempo que hiciera falta para que su presa se aproximara y bajara la guardia.

Vestía, como siempre, de negro. Sus botas, su jubón, su camisa y su guerrera eran todas tan negras como una noche de eclipse. Ceñía su costado derecho una fina espada envainada y su izquierdo un puñal alargado.

—¿Ahora buscas mapas para mis generales, DeWar? —preguntó UrLeyn, divertido. El Generalísimo de Tassasen, el plebeyo que daba órdenes a los nobles, era un hombre relativamente menudo quien por medio de la vigorosa y activa fuerza de su carácter conseguía que casi todo el mundo sintiera que era más bajo que él.



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