
En lo escrito aquí he tratado de no juzgar, pero tengo que confesar que espero que el lector —una especie de Providencia parcial, quizá— lo haga y no piense mal de nosotros. Admito libremente que una parte de mis motivaciones (en concreto al continuar la crónica de mi yo antecesor y refinar el lenguaje y la gramática de mi compañero narrador) se explica por el deseo de asegurar que el lector no se forme una mala opinión de mí, y como es lógico, este es un deseo egoísta. Sin embargo, me permito albergar la esperanza de que este egoísmo pueda engendrar un bien, por la sencilla razón de que de lo contrario es muy posible que esta crónica no existiera.
Una vez más, al lector toca decidir si ese habría sido un desenlace más afortunado.
Pero ya es suficiente. Un hombre joven y vehemente quiere dirigirse a nosotros.
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La doctora
Amo, fue en la tarde del tercer día de la estación de siembra del sur cuando el ayudante del interrogador vino a buscar a la doctora para llevarla a la cámara oculta, donde esperaba el torturador jefe.
