Una parte de mi relato posee una veracidad indiscutible, puesto que yo estuve presente cuando se produjo. En cuanto a la otra parte, no puedo confirmar su veracidad. Tropecé con la versión original por pura casualidad, mucho después de que los acontecimientos descritos en ella hubiesen tenido lugar, y aunque creo que representa un interesante contrapunto con respecto a la historia que yo viví, la presento más como un alarde artístico que como un juicio fruto del estudio y la reflexión. Sin embargo, creo que los dos relatos se pertenecen mutuamente y tienen más valor juntos que separados. Fue, creo que no hay duda al respecto, un momento histórico. Desde el punto de vista geográfico, la conclusión estuvo dividida, como, a fin de cuentas, tantas otras cosas lo estaban entonces. La división era el único orden.

En lo escrito aquí he tratado de no juzgar, pero tengo que confesar que espero que el lector —una especie de Providencia parcial, quizá— lo haga y no piense mal de nosotros. Admito libremente que una parte de mis motivaciones (en concreto al continuar la crónica de mi yo antecesor y refinar el lenguaje y la gramática de mi compañero narrador) se explica por el deseo de asegurar que el lector no se forme una mala opinión de mí, y como es lógico, este es un deseo egoísta. Sin embargo, me permito albergar la esperanza de que este egoísmo pueda engendrar un bien, por la sencilla razón de que de lo contrario es muy posible que esta crónica no existiera.

Una vez más, al lector toca decidir si ese habría sido un desenlace más afortunado.

Pero ya es suficiente. Un hombre joven y vehemente quiere dirigirse a nosotros.

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La doctora

Amo, fue en la tarde del tercer día de la estación de siembra del sur cuando el ayudante del interrogador vino a buscar a la doctora para llevarla a la cámara oculta, donde esperaba el torturador jefe.



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