Su cabello entrecano empezaba a ralear, pero sus ojos seguían conservando el brillo. Por lo general, la gente decía que su mirada era «penetrante». Vestía los pantalones y la chaqueta larga que había puesto de moda entre muchos de sus camaradas generales y entre un gran porcentaje de la clase mercantil de los tassasenianos.

—Cuando mi general me envía a buscarlos, sí, señor —repuso DeWar—. Trato de hacer todo cuanto está en mi mano para ayudar. Y esto me permite conjurar los riesgos a los que mi señor podría estar exponiéndose al alejarme de su lado. —DeWar dejó caer el mapa sobre la mesa, donde este se abrió.

—Las fronteras… Ladenscion —dijo UrLeyn con un hilo de voz mientras daba unos golpecitos sobre la suave superficie del viejo mapa y a continuación levantaba un rostro de expresión traviesa hacia DeWar—. Mi querido DeWar, el mayor peligro al que podría exponerme probablemente en tales ocasiones sería una dosis de algo desagradable por parte de alguna moza nueva, o un bofetón por sugerir algo que mis concubinas más recatadas encontrasen excesivamente atrevido. —El general sonrió y se subió el cinturón sobre su modesto estómago—. O unos arañazos en la espalda y un mordisco en la oreja en caso de tener suerte, ¿eh?

—El general avergüenza a los jóvenes de muchas maneras —murmuró DeWar mientras alisaba el mapa—. Pero no sería algo insólito que un asesino tuviera menos respeto por la privacidad del harén de un gran líder que…, por ejemplo, el jefe de sus guardaespaldas.

—Un asesino dispuesto a afrontar la ira de mis queridas concubinas casi merecería salirse con la suya —dijo: UrLeyn con un centelleo en la mirada mientras se mesaba los largos y grisáceos bigotes—. La Providencia sabe que su afecto adopta a veces formas muy violentas. —Alargó el brazo y propinó al joven unos golpecitos en el codo—. ¿Eh?



21 из 373