—En efecto, señor. Más, sigo pensando que el general podría…

—¡Ah! El resto de la pandilla —dijo UrLeyn con una palmada al ver que las puertas dobles del otro lado de la sala se abrían para dejar entrar a varios hombres, ataviados de manera similar al general, y rodeados por una auténtica hueste de ayudas de campo, burócratas con hábito y un sinfín de ayudantes más—. ¡YetAmidous! —exclamó el Protector mientras caminaba a paso vivo hacia el hombretón de cara ruda que encabezaba el grupo, le estrechaba la mano y le daba unas palmadas en la espalda. Saludó por su nombre a todos los demás generales y luego se situó al lado de su hermano—. ¡RuLeuin! ¡Has vuelto de las islas Arrojadas! ¿Va todo bien? —Rodeó con el brazo la figura más alta y más voluminosa del otro hombre, quien sonrió lentamente mientras asentía y dijo:

—Sí, señor.

Entonces el Protector vio a su hijo y lo cogió en brazos.

—¡Y Lattens! ¡Mi favorito! ¡Has terminado los estudios!

—¡Sí, padre! —dijo el niño. Vestía como un soldado en miniatura y estaba armado con una espada de madera.

—¡Bien! ¡Puedes venir y ayudarnos a decidir cómo resolver el problema de los barones rebeldes de las marcas!

—Solo un rato, hermano —dijo RuLeuin—. Prométemelo. Su tutor lo quiere de regreso antes de la próxima campanada.

—Tiempo más que suficiente para que Lattens elabore un plan perfecto —dijo UrLeyn mientras sentaba al niño en la mesa de madera.

Los burócratas y los escribas se encaminaron arrastrando los pies hacia el enrejado de los mapas, luchando por ser el primero en llegar.

—¡No os molestéis! —gritó el general tras ellos—. ¡El mapa ya está aquí! —exclamó mientras su hermano y los generales tomaban asiento alrededor de la mesa—. Alguien ya lo ha… —empezó a decir el general. Recorrió la mesa con la mirada en busca de DeWar, sacudió la cabeza y devolvió su atención al mapa.



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