
Tras él, oculto a su mirada por los hombres más altos que se habían reunido a su alrededor, pero nunca a más de una estocada de distancia, se encontraba el jefe de sus guardaespaldas, con los brazos cruzados y las manos apoyadas en el pomo de sus armas más visibles, discreto y casi invisible, recorriendo la multitud con la mirada.
—Había una vez un gran Emperador, temido en todo lo que entonces era el orbe conocido salvo los páramos exteriores, que a nadie con dos dedos de frente le importaban un rábano y en los que solo vivían salvajes. El Emperador no tenía iguales ni rivales. Su propio reino cubría la mayor parte del mundo y todos los reyes del resto se inclinaban ante él y le pagaban generosos tributos. Su poder era absoluto y había llegado a tal punto que no temía a nada salvo la muerte, que acaba por alcanzada todos los hombres, aunque sean emperadores.
»Decidió tratar de engañar a la muerte edificando un palacio monumental tan grande, tan magnífico, tan cautivadoramente suntuoso, que la propia Parca (que, según se creía, se presentaba a los hombres de sangre real bajo la forma de un gran pájaro de fuego que solo veían los moribundos) sucumbiría a la tentación de quedarse en el gran monumento y morar allí, sin regresar a las profundidades celestes con el Emperador entre las garras.
»Por tanto, el Emperador ordenó que se construyera un gran palacio monumental en una isla situada en el centro de un gran lago circular que había al borde de las llanuras y el océano, a cierta distancia de su capital. El palacio tenía la forma de una enorme torre cónica y alcanzaba los ciento cincuenta pisos de altura. En su interior rebosaban todos los lujos y tesoros que el Imperio y los demás reinos podían proporcionar, guardados a buen recaudo en los rincones más profundos del monumento, donde estarían ocultos a los ladrones vulgares, pero serían visibles para el pájaro de fuego cuando acudiera a buscar al Emperador.
