
»Cuando regresó a su casa, su esposa, que se tenía por viuda, y sus hijos, que se creían sin padre, pensaron al principio que era un fantasma y se alejaron de él, llenos de temor. Finalmente logró convencerlos de que estaba vivo y tenían que acompañarlo al exilio, lejos del Imperio. Toda la familia escapó a un reino lejano, cuyo rey necesitaba a un gran arquitecto para que supervisara la construcción de fortificaciones para mantener a raya a los salvajes del desierto y en el que la gente, o no conocía quién era el gran constructor, o fingía no conocerlo por el bien de su programa de fortificaciones y por la seguridad del reino.
»Sin embargo, el Emperador se enteró de que un gran arquitecto estaba trabajando en un reino lejano y, por medio de diferentes rumores e informes, llegó a la conclusión de que este hombre no era otro que Munnosh. El monarca, que a estas alturas era un hombre anciano y consumido, y cuya muerte estaba próxima, ordenó que se abrieran en secreto los niveles inferiores del mausoleo. Sus órdenes fueron obedecidas y, como es lógico, sus hombres descubrieron que Munnosh no se encontraba allí y encontraron el pasadizo secreto.
»El Emperador ordenó al rey que enviara a su jefe de arquitectos a la capital imperial. Al principio el rey se negó y pidió más tiempo porque las fortificaciones aún no estaban terminadas y los salvajes del desierto estaban demostrando ser más tenaces y estar mejor organizados de lo previsto, pero el Emperador, aún más cerca de la muerte que antes, insistió hasta que el rey acabó por ceder y, con gran tristeza, tuvo que enviar a Munnosh a la capital. La familia del arquitecto trató su partida como había hecho con la falsa noticia de su muerte, tantos años atrás.
