Tenía un rostro ancho; demasiado ancho, pensaba ella, así que lo enmarcaba cuidadosamente en su largo y dorado cabello para que pareciera más fino cuando no llevaba un tocado, que siempre elegía con el mismo propósito cuando tenía que aparecer en público. Poseía además una nariz fina y una boca que no parecía gran cosa hasta que sonreía, cosa que hacía a menudo.

Sus azuladas pupilas estaban veteadas de oro y sus ojos, grandes y abiertos, resultaban en cierto modo inocentes. Podían sufrir rápidos accesos de pesar cuando recibía algún insulto o le contaban algún relato de crueldad y dolor, pero estas expresiones eran como tormentas de verano: pasaban rápidamente y eran reemplazadas de inmediato por una luminosidad preponderante y cálida. Parecía extraer un deleite casi infantil de la vida en general, que nunca distaba mucho de manifestarse en el brillo de aquellos ojos y la gente que sabía de estas cosas aseguraba que era la única persona de la corte cuya mirada podía medirse en intensidad con la del propio Protector.

—Ahí —dijo con tono sereno mientras se adentraba con una pieza en territorio de DeWar y luego se recostaba en su asiento. La mano sana frotó suavemente la marchita, que descansaba en el cabestrillo, inmóvil y sin responder. DeWar pensó que estaba tan pálida, era tan fina y tenía la piel de un tono tan poco saludable que parecía la mano de un niño enfermo. Sabía que, tres años después de la herida, el miembro inútil aún le provocaba dolores, y que cuando la mano sana la acariciaba y frotaba, como en aquel momento, ella no siempre se daba cuenta. Pensó todo esto sin mirarla, con los ojos clavados en su rostro, mientras la dama se recostaba un poco más en los cojines del sofá, que eran tan redondeados, rojos y abundantes como las bayas de un arbusto invernal.

Estaban sentados en la sala de visitas del exterior del harén, donde, en ocasiones especiales, se permitía que los parientes próximos de las concubinas entraran a visitarlas.



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