
DeWar sabía la clase de chistes que circulaban en la corte sobre él. Se decía que su sueño era estar tan cerca de su señor en toda ocasión como para poder limpiarle el trasero cuando estuviera en el baño y el miembro cuando estuviera en la alcoba del harén. Otro decía que en secreto deseaba ser una mujer, para que cuando el general quisiera sexo no tuviera que buscarlo más allá de su fiel guardaespaldas y no tuviera la necesidad de arriesgarse con contactos corporales adicionales.
Que Stike, el jefe de los eunucos del harén, hubiera escuchado este rumor en concreto era cosa discutible. Lo que estaba claro es que miraba al guardaespaldas con lo que aparentaba ser una gran suspicacia profesional. El jefe de los eunucos estaba sentado con todo su inmenso corpachón sobre un pulpito situado a un lado de la alargada estancia, iluminada desde arriba por tres cúpulas de porcelana. Las paredes de la sala estaba cubiertas por entero con gruesas y oscilantes tiras de brocado intrincadamente tejido y otros lazos y cestillos de tela colgaban de los espacios de la techumbre que separaban las cúpulas, mecidos por la brisa que entraba por las persianas. El jefe de los eunucos vestía con grandes pliegues de tela blanca y se ceñía la enorme cintura con las argollas de llaves plateadas y doradas de su oficio. De vez en cuando lanzaba alguna mirada de reojo a las pocas chicas que habían escogido la sala de visitas para cuchichear y reírse, o para practicar alguno de los petulantes juegos de cartas y tablero, pero de momento estaba concentrado en el único hombre de la sala y en la partida que estaba jugando con su lisiada concubina, Perrund.
