
Yo estaba sentado en el salón de los aposentos de la doctora, moliendo los ingredientes de una de sus pócimas con un mortero y un almirez. Concentrado como estaba en esta tarea, tardé un momento o dos en recobrar la compostura al oír que alguien aporreaba agresivamente la puerta y derribé un pequeño pebetero de camino a la entrada. Esta fue la causa tanto de mi tardanza en abrir como de cualquier imprecación que Unoure, el ayudante del interrogador, pudiera haber escuchado. Estas palabras malsonantes no estaban dirigidas a él y yo no estaba ni dormido ni tan siquiera remotamente adormilado, como espero que crea mi amado amo, diga lo que diga el mencionado Unoure: una persona poco fiable y de temperamento voluble, según todos los testimonios.
La doctora se encontraba en su estudio, como era lo habitual a esa hora de la tarde. Entré en su taller, donde guarda los dos grandes armarios que contienen los polvos, las cremas, los ungüentos, los líquidos y los diferentes instrumentos que emplea en su profesión, así como las dos mesas donde descansan toda clase de quemadores, hornillos, retortas y frascos. En ocasiones también trata allí a sus pacientes, cuando hace falta recurrir a la cirugía. Mientras el pestilente Unoure esperaba en el salón, limpiándose la nariz en una manga ya mugrienta y mirando a su alrededor con el aire de alguien que trata de decidir qué va a robar, yo crucé el taller y llamé a la puerta del estudio que también sirve a la doctora como dormitorio.
—¿Oelph? —preguntó ella.
—Sí, señora.
—Pasa.
Oí el ruido sordo de un grueso volumen al cerrarse y sonreí quedamente.
El estudio de la doctora estaba a oscuras y flotaba en el aire la fragancia de la dulce flor de la istra, cuyas hojas suele quemar en los incensarios colgados del techo. Me abrí camino a tientas por la oscuridad. Como es lógico, conozco perfectamente la distribución del estudio de la doctora —mejor de lo que ella misma podría suponer, gracias a la inspirada perspicacia y la juiciosa astucia de mi amo—, pero mi señora es propensa a dejarse sillas, escabeles y banquetas en medio, así que me vi en la obligación de avanzar con prudencia hasta el lugar en el que la llama de una pequeña vela indicaba su presencia, sentada a la mesa que hay delante de una ventana cubierta por pesados cortinajes.
