Se enderezó en el asiento, estiró la espalda y se frotó los ojos. La mole de su diario, tan grueso como una mano y tan ancho como un antebrazo, descansaba sobre la mesa, frente a ella. El gran libro estaba cerrado y con el candado echado, pero incluso en aquella oscuridad cavernaria pude ver que la cadenilla del cierre oscilaba de un lado a otro. Había una pluma en el tintero, cuya tapa estaba abierta. La doctora bostezó y se ajustó al cuello la fina cadena de la que pende la llave del diario.

Mi amo sabedor numerosos informes anteriores que creo que la doctora está recopilando sus experiencias aquí en Haspide para el pueblo de su tierra natal, Drezen.

Es evidente que la doctora quiere mantener sus escritos en secreto. Sin embargo, en ocasiones olvida que me encuentro en la habitación, normalmente cuando me ha encargado que busque una referencia en alguno de los volúmenes de su biblioteca voluminosa y extravagante y yo llevo algún tiempo haciéndolo en silencio. Por lo poco que he podido vislumbrar de lo escrito en estas ocasiones, he llegado a la conclusión de que cuando escribe en su diario, no siempre emplea el haspidiano o el imperial —aunque hay pasajes en ambas lenguas—, sino a veces un alfabeto que nunca he visto.

Creo que mi amo está tomando medidas para comprobar, con la ayuda de otros nativos de Drezen, si la doctora escribe en drezenés, y con este fin, siempre que puedo, trato de consignar en la memoria cuanto me es posible de lo escrito en su diario. Sin embargo, en esta ocasión no pude echar ni un vistazo a los pasajes en los que, a buen seguro, había estado trabajando.



5 из 373