
Impulsado por el afán de servir lo mejor posible a mi amo en este asunto, me permito respetuosamente volver a señalar que una sustracción temporal del diario permitiría a un cerrajero habilidoso abrir el libro sin dañarlo, con lo que podría hacerse una copia de sus escritos y resolver finalmente el interrogante. Esto podría llevarse a cabo cuando la doctora estuviera en cualquier otra parte del palacio o, mejor aún, de visita en la ciudad, o incluso mientras estuviese tomando uno de sus frecuentes baños, que suelen ser prolongados. (Fue durante uno de esos baños cuando le conseguí a mi amo uno de los escalpelos del maletín de doctora, que le fue debidamente entregado. Añado que tuve el cuidado de hacerlo justo después de una visita al hospicio de los pobres, para que las sospechas recayeran sobre ellos). No obstante, y como es lógico, me inclino ante el juicio superior de mi amo en este asunto.
La doctora me miró con el ceño fruncido.
—Estás temblando —me dijo. Y claro que lo estaba, porque la repentina aparición del ayudante del torturador había resultado indudablemente inquietante. La doctora dirigió la mirada a la puerta del quirófano, a mi espalda, que había dejado abierta para que Unoure pudiera oír nuestras voces y se sintiera menos predispuesto a cometer cualquier maldad que estuviera maquinando—. ¿Quién es? —preguntó.
—¿Quién es qué? —pregunté mientras observaba cómo cerraba la tapa del tintero.
—He oído toser a alguien.
—Oh, es Unoure, el ayudante del interrogador, señora. Ha venido a buscaros.
—¿Para ir adonde?
—A la cámara oculta. Maese Nolieti ha enviado a buscaros.
Me miró sin decir nada durante un segundo.
—El torturador jefe —dijo con voz templada, y asintió—. ¿Estoy metida en algún lío, Oelph? —preguntó mientras apoyaba un brazo en la gruesa tapa de cuero de su diario, como si quisiera protegerlo o buscara protección en él.
