
—Oh, no —le dije—. Tenéis que llevar vuestro maletín. Y medicinas. —Me volví para mirar la puerta del quirófano, recortada a la luz del salón. Llegó el sonido de una tos desde allí, una tos que sonaba como a esas que se utilizan para recordar a los demás que uno está esperando con impaciencia—. Creo que es urgente —susurré.
—Mmmm. ¿Crees que el torturador jefe Nolieti tiene un catarro? —preguntó la doctora mientras se levantaba y empezaba a ponerse la chaqueta larga, que había estado colgada del respaldo del asiento.
La ayudé con la negra prenda.
—No, señora. Creo que lo más probable es que alguno de los reos a los que están interrogando no se encuentre… hum, del todo bien.
—Ya veo —dijo ella. Metió los pies en las botas y se enderezó. Su prestancia física volvió a sorprenderme, como me ocurre en tan numerosas ocasiones. Es alta para ser mujer, aunque no excepcionalmente, y aunque para ser mujer posee unos hombros anchos, he visto pescadoras y mariscadoras de aspecto más recio. Creo que es su porte, su forma de comportarse.
He tenido la suerte de vislumbrar tentadoras visiones de su persona —tras uno de sus numerosos baños—, ataviada con la ropa interior, con la luz tras de sí, al salir envuelta en una nube de aire fragante e inundado de talco y pasar de un cuarto a otro, con los brazos alzados para enrollarse una toalla alrededor del largo y húmedo cabello rojizo, y la he observado en las grandes ocasiones de la corte, ataviada con vestidos formales y bailando con la ligereza y la delicadeza —y con la expresión de pura modestia— de la mejor y más educada de las doncellas, y confieso libremente que me he sentido tan atraído en sentido físico hacia ella como cualquier hombre (joven o no) se vería hacia una mujer de aspecto tan saludable y grato a la vista. Pero al mismo tiempo hay algo en su comportamiento que yo —así como, sospecho, muchos otros varones— encuentro desalentador, e incluso un poco amenazante. Cierta franqueza inmodesta en su forma de proceder es la causa de esto, me temo, junto a la sospecha de que, yunque su aceptación de los hechos que dictan la aceptada y patente preeminencia de los varones es en la superficie irreprochable, se ve acompañada por una especie de injustificado humor que inspira en los varones la inquietante sensación de que se está divirtiendo a su costa.
