La doctora se inclinó sobre la mesa y abrió las cortinas y los batientes para dejar que entraran los rayos de Seigen. A la tenue luz que se colaba por las ventanas reparé en el pequeño plato con bizcochos y galletas que había al borde de la mesa de mi señora, al otro lado del diario. Su vieja y desafilada daga descansaba también en el plato, con los romos bordes manchados de grasa.

La recogió, pasó la lengua por la hoja y entonces, tras lanzarle un último y sonoro beso mientras terminaba de limpiarla con la manga, se la guardó en la bota derecha.

—Vamos —dijo—. No hagamos esperar al torturador jefe.


—¿Es realmente necesario? —preguntó la doctora mientras miraba la venda que había en las mugrientas manos del ayudante del torturador Unoure. Este llevaba un largo delantal de carnicero, hecho de piel y manchado de sangre, por encima de una camisa inmunda y unos pantalones holgados y de aspecto grasiento. La venda negra había salido del interior de un largo bolsillo del delantal.

Unoure sonrió, y al hacerlo exhibió una miscelánea de dientes cariados y descoloridos, alternados con huecos que hubiesen debido ocupar otros dientes. La doctora se encogió. Tiene la dentadura tan recta y bien cuidada que la primera vez que la vi asumí de manera natural que eran una pieza postiza de factura especialmente soberbia.

—Son las normas —dijo Unoure con la mirada clavada en el pecho de la doctora. Ella se cerró el cuello de la chaqueta por encima de la camisa—. Sois una extranjera —le dijo.

La doctora suspiró y me miró de soslayo.



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