
—Una extranjera —dije a Unoure con vehemencia— en cuyas manos se deposita la vida del rey casi a diario.
—Eso da igual —dijo el otro mientras se encogía de hombros. Sorbió por la nariz, y se disponía a limpiársela con la venda cuando, al ver la expresión de la doctora, cambió de idea y lo hizo con la manga de su camisa—. Son las órdenes. Tenemos que darnos prisa —dijo mirando la puerta.
Estábamos en la entrada a los pisos inferiores del palacio. El pasillo que habíamos dejado atrás se alejaba de aquel corredor poco frecuentado hasta la zona de las cocinas y las bodegas del ala oeste. El lugar estaba muy poco iluminado. En el techo, una pequeña abertura proyectaba una polvorienta lámina de luz acromática sobre nosotros y sobre las altas y oxidadas puertas de metal, mientras que del otro lado del pasillo nos llegaba la luz débil de un par de velas.
—Muy bien —dijo la doctora. Se inclinó levemente y realizó un ostentoso examen de la venda que Unoure llevaba en las manos—. Pero no pienso ponerme eso, y no serás tú el que me lo ponga. —Se volvió hacia mí y extrajo un pañuelo limpio de un bolsillo de su chaqueta—. Toma —dijo.
—Pero… —protestó Unoure, pero entonces dio un respingo al oír el tañido de una campana procedente de algún lugar situado más allá de aquellas puertas herrumbrosas. Se volvió y, maldiciendo, guardó de nuevo la venda en el delantal.
Le tapé los ojos a la doctora con el fragante pañuelo mientras Unoure abría las puertas. A continuación, con su maletín en una mano y su mano en la otra, la conduje al pasillo que había detrás de las puertas y luego, tras descender muchas y tortuosas escaleras y cruzar más puertas y pasillos, hasta la cámara oculta en la que nos esperaba maese Nolieti. Cuando estábamos a mitad de camino, volvió a sonar una campana en algún lugar situado más adelante y sentí que la doctora daba un respingo y se le humedecía la mano. Tengo que confesar que mis propios nervios no estaban totalmente tranquilos.
