El régimen de Franco propiamente dicho estuvo dividido desde el principio entre los fascistas de la Falange, cuyas bandas armadas Franco había elegido como aliadas durante la Guerra Civil y que se acabaron convirtiendo en el único partido político de España, y los monárquicos, los tradicionales conservadores españoles. Los monárquicos acostumbraban a ser probritánicos y antialemanes, pero la Inglaterra que ellos admiraban era la de la aristocrática casa de campo; despreciaban a los falangistas por «vulgares» y, en cualquier caso, se mostraban todavía menos compasivos con los padecimientos de los españoles corrientes que la Falange. Y en la Guerra Civil actuaron con tanta violencia como ésta. El propio Franco estaba situado en un punto intermedio entre ambas fuerzas. Hábil estratega político, su capacidad para equilibrar los bandos que integraban su régimen lo ayudó a mantenerse en el poder durante casi cuarenta años. Pero, tras la derrota de Hitler, la Falange fue siempre un socio menor de su coalición.

En 1939-1940 el principal dilema con que se enfrentaba Franco era el de la posibilidad de entrar en guerra con Hitler, como quería la Falange. El propio Franco soñaba con ampliar su imperio hispanoafricano con las colonias de la Francia derrotada; pero los monárquicos deseaban mantenerse neutrales y consideraban la entrada en guerra una peligrosa aventura que traería como consecuencia la consolidación del poder de la Falange. Al final, como de costumbre, la postura de Franco fue pragmática. En su calidad de hijo de un oficial de la Armada, conocía el poderío de la Armada británica que estaba ejerciendo un bloqueo contra España y podía desviar fácilmente la entrada de suministros.



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