
Lucas parecía muy distinto al hombre al que Bishop había visto por última vez. Estaba desaliñado, sin afeitar, enflaquecido, con la ropa informal arrugada como si hubiera dormido con ella. Si es que había dormido, naturalmente. Permanecía de pie, con las manos en los bolsillos de su cazadora vaquera, y miraba fijamente el suelo salpicado de piedras.
Lo que retenía su mirada eran restos dispersos que sólo un experto habría reconocido como humanos. Pedazos de hueso y jirones de ropa. Un mechón de pelo marrón chocolate.
– Ya se han llevado la mochila -dijo-. Se la entregarán a sus padres, supongo.
– Sí -contestó Bishop.
– Tú lo sabías. Desde que llegaste aquí, sabías que estaba muerta.
– No desde que llegué.
– Pero sí desde ese día.
– Sí.
Lucas volvió la cabeza y miró a Bishop con incredulidad.
– ¿Y no dijiste nada?
– Sabía que estaba muerta. Pero no sabía dónde estaba. La policía no me habría creído. Su familia no me habría creído.
– Quizá yo sí.
– Tú no querías creerme. Tenías que encontrarla por ti mismo. Así que esperé a que lo hicieras.
– Sabiendo desde el principio que estaba muerta.
Bishop asintió con la cabeza.
– Dios mío, eres un cabrón despiadado.
– A veces.
– No digas que no te queda más remedio.
– Está bien. No lo diré.
Lucas hizo una mueca y volvió a fijar su mirada atormentada en el suelo y en los restos desperdigados de Meredith Gilbert.
– Esto acaba así muy a menudo. -Su voz sonaba infinitamente exhausta-. Con un cadáver o lo que queda de él. Porque no fui lo bastante rápido. Porque no fui lo bastante bueno.
– Murió una hora después de que ese tipo le pusiera las manos encima -dijo Bishop.
– Esta vez, puede ser. -Lucas se encogió de hombros.
Bishop juzgó el momento oportuno para añadir:
– Según las leyes de la ciencia, es imposible ver el futuro, saber de antemano lo que va a ocurrir. Es imposible que un investigador posea ese instinto. Yo no lo creo. Creo que la telepatía y la empatía, la telequinesia y la precognición, la clarividencia y todas las demás así llamadas facultades extrasensoriales pueden servirnos para afinar nuestras herramientas. Para hacernos, quizá, mejores. Para hacernos más rápidos.
