
Al cabo de un momento, Lucas volvió la cabeza y sostuvo la mirada fija de Bishop.
– Está bien. Te escucho.
Dos días después, tras dormir veinticuatro horas y darse un par de duchas, Lucas se sentía considerablemente mejor y aparentaba estarlo.
– No hace falta que me hagas de niñera, ¿sabes? -dijo, empujando su plato y cogiendo su taza de café-. No voy a dejarte en la estacada. Dije que le daría una oportunidad a esa nueva unidad tuya y voy a hacerlo.
– Lo sé. -Bishop bebió un sorbo de café y se encogió de hombros-. Pero he pensado que, ya que vamos a ir al este, podíamos marcharnos temprano. El avión nos espera con los motores en marcha.
Lucas levantó las cejas.
– ¿El avión? -dijo-. ¿Dispones de un avión del FBI?
Bishop sonrió ligeramente.
– Es un jet privado.
– ¿Tienes un jet privado?
– No sólo estoy intentando montar una unidad en el FBI -contestó Bishop, muy serio-. También trato de organizar una estructura de apoyo ciudadano, una red de gente de fuera y dentro de las fuerzas de seguridad que crea en lo que intentamos conseguir. Ellos nos ayudarán de diversos modos, como facilitándonos medios de transporte rápidos y eficaces.
– De ahí el jet.
– Exacto. No es una carga para la unidad ni para la agencia, ni tampoco para el contribuyente. Sólo es una contribución generosa de un ciudadano de a pie que quiere echar una mano.
– Un día de éstos -dijo Lucas-, tienes que contarme cómo surgió todo esto. A fin de cuentas, yo también entiendo de obsesiones.
– Tendremos tiempo de sobra para hablar.
