
– Sí, con ella. Aunque no queda gran cosa. -Edgerton miró con fijeza al agente federal-. No tengo ni idea de cómo la encontró. Ese don especial suyo, supongo.
– ¿Causa de la muerte?
– Eso tendrá que dictaminarlo el forense. Como te decía, no queda gran cosa. Y lo que queda ha estado expuesto a los elementos y a los depredadores. No sé cómo murió, ni por lo que tuvo que pasar antes de morir.
– Ni siquiera estás seguro de que fuera secuestrada, ¿verdad?
Edgerton movió la cabeza de un lado a otro.
– Por lo poco que hemos encontrado ahí abajo, podría haber ido caminando por el borde de la carretera, haber resbalado y haberse caído. Puede que se diera un golpe en la cabeza o que se rompiera algún hueso y no pudiera volver a subir. Por aquí hay mucho tráfico, pero nadie se para. Podría haber estado ahí todo este tiempo.
– ¿Crees que el forense será capaz de determinar la causa de la muerte?
– Me sorprendería. ¿A partir de huesos, unos cuantos jirones de piel y un poco de pelo? No habríamos podido identificarla tan pronto, o quizá nunca, si no fuera porque su mochila estaba casi intacta y dentro había muchas cosas con su nombre. Además, encontramos entre los huesos esa extraña pulsera de peltre que llevaba. Los análisis de ADN confirmarán que son sus restos, estoy seguro de ello.
– Entonces, no le robaron nada y el asesino no se llevó ningún trofeo.
– Si es que hay un asesino, no parece que se llevara ninguna de sus pertenencias, no.
Bishop asintió con la cabeza; luego se dirigió hacia un ancho hueco del guardarrail, que alguien debería haber reparado hacía tiempo.
– Te vas a estropear ese traje tan bonito -le advirtió Edgerton.
Bishop no respondió; se limitó a bajar por la empinada ladera y a internarse en el barranco. Pasó junto a un par de investigadores, pero no se detuvo hasta reunirse con Lucas Jordan en una zona pedregosa, a la sombra de un arbolillo torcido.
