En la actualidad Jueves,

20 de septiembre


– Shhhh. No hagas ruido -dijo él.

Era casi imposible, pero logró no gemir, ni gimotear, ni emitir ningún otro sonido tras la cinta adhesiva que tapaba su boca. La venda le cegaba, pero antes de que aquel tipo se la pusiera, había visto bastante: su secuestrador tenía una pistola de gran tamaño, y estaba claro que sabía manejarla.

Su instinto le gritaba que luchara, que se defendiera, que huyera si podía.

Pero no podía. El momento de escapar, en caso de que hubiera habido alguno, había pasado. Tenía las manos y los tobillos atados con cinta aislante. Si intentaba siquiera levantarse de la silla donde estaba sentado, caería hacia atrás o de bruces.

Estaba indefenso. Eso era lo peor. No el miedo a lo que pudiera sucederle, sino la conciencia de que no podía hacer absolutamente nada por impedirlo.

Debería haber hecho caso de las advertencias, de eso estaba seguro. Aunque parecieran disparates, debería haberles prestado atención.

– Yo no voy a hacerte daño -dijo su secuestrador.

Inconscientemente, volvió un poco la cabeza hacia un lado; su mente ágil había advertido el leve énfasis de la primera palabra. ¿Él no iba a hacerle daño? ¿Qué significaba aquello? ¿Que se lo haría otro?

– No intentes descubrirlo. -La voz sonaba de pronto divertida, y tan despreocupada como desde el principio.

Mitchell Callahan no era ningún tonto. A lo largo de los años, había calibrado a muchos hombres poderosos; no se dejaba engañar por una voz suave y unas maneras aparentemente despreocupadas. Cuanto más indiferente parecía alguien, más probable era que te volara las pelotas, en sentido metafórico.

O literal.

«Ni siquiera puedo razonar con este hijo de puta.»

Aquélla era su idea del infierno: hallarse indefenso y sentirse incapaz de persuadir a aquel tipo.

– Seguro que tu mujer pagará el rescate. Luego podrás irte a casa.



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