Callahan se preguntó si la cinta adhesiva y la venda ocultarían su mueca refleja. ¿Su mujer? ¿La misma que estaba a punto de pedir el divorcio porque un día llegó a su oficina de improviso, pasada la hora de cierre, y lo encontró follándose a su secretaria encima de la mesa?

Sí, su mujer estaba deseando que volviera. Sin duda estaba ansiosa por pagar una pasta para salvarle el pellejo a un marido que la engañaba.

– No te preocupes. He pedido un rescate razonable. Tu mujer podrá conseguirlo fácilmente, imagino.

Callahan no pudo impedir que un sonido estrangulado escapara de él; luego, al echarse a reír su secuestrador, sintió que la vergüenza le abrasaba la cara.

– Naturalmente, puede que no quiera pagar cuando el detective privado al que ha contratado descubra que tu secretaria sólo es la última de la larga lista de mujeres con las que te has divertido. No sabes tener la bragueta abrochada, ¿eh, Mitchell? Y tu mujer es muy simpática. Se merece algo mejor. Deberías haber sido un marido bueno y respetable. No todo consiste en ganar mucha pasta, ¿sabes? Y, además, ¿para qué necesita el mundo otra urbanización hecha en serie que estropee el paisaje?

Callahan sintió un escalofrío repentino. Su secuestrador estaba hablando demasiado. ¿Por qué dar a su víctima la ocasión de memorizar el sonido de su voz? ¿Por qué poner en evidencia lo mucho que sabía de su vida y sus negocios?

«Quizá porque sabe que no vas a tener ocasión de contárselo a nadie.»

– Inquietante, ¿verdad?

Callahan se sobresaltó: aquella voz baja había sonado junto a su oído. Suave y tranquila, amenazadora sin siquiera proponérselo.

– Que un extraño diseccione tu vida. Que te arrebaten todo tu poder, toda tu seguridad. Estar completamente indefenso y ser consciente de que otro controla tu destino.

Callahan profirió sin querer otro sonido estrangulado.

– Así es, ¿sabes? Yo controlo tu destino. Al menos, hasta cierto punto. Después, está en manos de otro.



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