
Callahan se sorprendió no poco cuando de pronto le quitó la venda. Durante unos segundos, mientras sus ojos se acostumbraban a la luz, sólo pudo parpadear. Luego miró, vio.
Y todo se hizo mucho más claro.
«Dios mío.»
Lunes, 24 de septiembre
– El rescate se pagó. -Wyatt Metcalf, sheriff del condado de Clayton, parecía tan enfadado como solía estarlo cualquier policía cuando ganaban los malos-. Su mujer no dijo nada por miedo, así que no nos enteramos hasta que todo había acabado, cuando Callahan no volvió a casa después de que ella dejara el dinero.
– ¿Quién encontró el cuerpo?
– Un excursionista. En esta época del año, con el cambio de las hojas y todo eso, esto se llena de gente. Estamos rodeados de bosques y de parques nacionales, y los turistas nos salen hasta por las orejas durante semanas. Lo mismo pasa en toda la montaña de Blue Ridge.
– Así que el secuestrador sabía que el cuerpo sería encontrado rápidamente.
– Si no lo sabía, es que es idiota… o no conoce esta zona. -Metcalf observaba al agente federal, un tipo muy alto al que todavía intentaba tomarle la medida. Lucas Jordan no era, se decía el sheriff, un hombre al que fuera fácil calibrar de un plumazo. Saltaba a la vista que era un tipo enérgico, atlético, sumamente inteligente, cortés y de habla suave; pero tan visible como esos atributos resultaba la intensidad reconcentrada de sus llamativos ojos azules, una intensidad rayana en la ferocidad e igual de turbadora.
Un hombre ambicioso, evidentemente.
Pero ¿en qué consistía su ambición?
– Estamos reteniendo el cuerpo, como nos pidieron -le dijo Metcalf-. Los chicos de mi unidad forense se formaron en el laboratorio de criminología del estado y han dado unos cuantos cursos en el FBI, así que saben lo que hacen. Lo poco que encontraron aquí les espera a usted y a su compañera en comisaría.
