
– Supongo que no había nada revelante.
No era una pregunta, pero Metcalf contestó de todos modos.
– Si lo hubiera, no habría tenido que llamar a su Unidad de Crímenes Especiales.
Jordan le miró, pero volvió a fijar su atención en el terreno rocoso que los rodeaba sin hacer ningún comentario.
Consciente de que había hablado con tanta irritación como sentía, Metcalf contó hasta diez en silencio antes de volver a dirigirse a él.
– Mitch Callahan no era un santo, pero no se merecía lo que le ha pasado. Quiero encontrar al hijo de puta que le asesinó.
– Le entiendo, sheriff.
Metcalf se preguntó si en realidad lo entendía, pero no puso en duda su afirmación.
Jordan dijo casi distraídamente:
– Este es el tercer secuestro que se denuncia en la parte oeste del estado este año. En los tres casos se pagó el rescate y las tres víctimas murieron.
– Los otros dos fueron en condados ajenos a mi jurisdicción, así que sólo conozco los datos generales. Aparte de ser bastante ricas, las víctimas no tenían nada en común. El hombre rondaba los cincuenta años, era blanco, viudo y tenía un hijo; la mujer tenía treinta y cinco años, era de ascendencia asiática, estaba casada y no tenía hijos. Él murió asfixiado; ella, ahogada.
– Y Mitchell Callahan fue decapitado.
– Sí. Es muy raro. El forense dice que fue un corte muy rápido y extremadamente limpio; no lo hicieron con un hacha ni nada parecido. Quizá con un machete o una espada. -Metcalf tenía el ceño fruncido-. ¿No estará insinuando que esos casos estén relacionados? Esos otros secuestros fueron hace meses y me figuro que…
– ¿Que fue una coincidencia? -Una tercera persona se unió a ellos. Era la compañera de Jordan, la agente especial Jaylene Avery. Tenía una sonrisa un tanto irónica-. Si le pregunta a nuestro jefe, le dirá que tal cosa no existe. Y suele tener razón.
