– ¿Has encontrado algo? -le preguntó Jordan. Ella había estado deambulando por el claro montañoso en el que había sido hallado el cuerpo sin vida de Mitchell Callahan.

– No. Esto está muy cerca de una zona de descanso y un mirador. Mucha gente pasa por aquí. Pero tengo la impresión de que nadie se detiene mucho tiempo.

Metcalf tomó debida nota de su tono y su expresión, así como de su postura y de los gestos que intercambiaba con su compañero: Jordan era el más veterano de los dos, pero Avery parecía confiar en la posición que ocupaba y sentirse completamente a gusto con él. El sheriff tuvo la impresión de que eran compañeros desde hacía tiempo.

Jaylene Avery, que parecía tan relajada como Jordan cargado de tensión, era una mujer preciosa, de poco más de treinta años, con el pelo negro recogido severamente hacia atrás, un impecable cutis café con leche y ojos castaños e inteligentes. Su leve acento sureño indicaba que probablemente se sentía más cerca de casa allí, en Carolina del Norte, que cuando estaba en Quantico.

No como Jordan, cuya voz baja y serena, pero un tanto cortante y rápida, situaba su origen en algún punto muy al norte de allí.

– ¿Qué esperaba encontrar? -le preguntó Metcalf a Avery sin poder evitar que la tensión se reflejara en su voz.

Ella volvió a sonreír.

– Sólo intentaba hacerme una composición del lugar, sheriff, no estaba buscando nada que su gente o usted hubieran pasado por alto. A veces, con sólo retroceder un poco para tener una panorámica general, se descubren muchas cosas. Por ejemplo, después de pasearme por aquí, por la zona donde se encontró el cuerpo, puedo decir con bastante seguridad que nuestro secuestrador está en excelente forma física.

– Para traer el cuerpo hasta aquí, quiere decir.

– Sabemos que la víctima no murió aquí. Esta zona está llena de senderos, pero son senderos para excursionistas expertos, no para domingueros a los que sólo les interesa ver el paisaje: caminos rocosos y empinados que apenas se ven, a no ser que uno sepa dónde mirar.



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