– Te dije que no estaba interesado -dijo Lucas en cuanto Bishop apareció en la puerta.

Bishop se recostó en la jamba y observó cómo Lucas guardaba sus copias de los innumerables papeles que acompañaban siempre a un caso de desaparición.

– ¿Tanto te gusta ir a tu aire? -preguntó cálidamente-. Trabajar solo tiene sus desventajas. Nosotros podemos ofrecerte apoyo y recursos que difícilmente encontrarías en otra parte.

– Es posible. Pero odio la burocracia y el papeleo -contestó Lucas-. Y de eso tiene el FBI en abundancia.

– Ya te dije que mi unidad es distinta.

– Pero sigues teniendo que informar al director, ¿no?

– Sí.

– Entonces no es tan distinta.

– Pretendo asegurarme de que lo sea.

Lucas se detuvo un momento y miró a Bishop con el ceño ligeramente fruncido, más curioso que incrédulo.

– ¿Sí? ¿Y cómo piensas hacerlo?

– Mis agentes no tendrán que implicarse en el funcionamiento interno de la agencia; de eso me ocuparé yo. Llevo años labrándome una reputación, haciendo y pidiendo favores, y apretando alguna que otra tuerca para asegurarme de que tengamos toda la autonomía que sea posible para llevar a cabo nuestras investigaciones.

Lucas dijo con tono algo burlón:

– ¿Y qué? ¿No hay normas?

– Tú sabes que sí. Pero normas razonables, aunque sólo sea para tranquilizar a los peces gordos y convencerlos de que no estamos actuando bajo cuerda. Tendremos que ser cautelosos al principio, muy discretos, al menos hasta que tengamos un historial sólido de casos resueltos con éxito.

– ¿Tan seguro estás de que habrá éxitos?

– No estaría haciendo esto, si no estuviera seguro.

– Sí, ya. -Lucas cerró su maletín con un chasquido-. Te deseo suerte, Bishop, de veras. Pero yo trabajo mejor solo.



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