– ¿Es el miedo a estar… perdido?

Lucas sostuvo la mirada fija del agente federal. Por fin se encogió de hombros y dijo:

– El miedo a estar solo. A que te cojan, a estar atrapado. Indefenso. Sentenciado. El miedo a morir.

– ¿Y cuando dejas de sentirlo?

Lucas no respondió.

– Es porque están muertos.

– A veces.

– Sé sincero.

– Está bien. Normalmente, sí. Normalmente, dejo de captarlos porque ya no hay miedo que sentir. Ni pensamientos. Ni vida. -El solo hecho de decir aquello en voz alta le hizo enfadar, y no intentó ocultarlo.

– Como ahora. Con Meredith Gilbert.

– La encontraré.

– ¿Sí?

– Sí.

– ¿A tiempo?

La pregunta quedó suspendida en el aire, entre los dos, durante un largo silencio; luego, Lucas recogió su maletín y dio los dos pasos necesarios para llegar a la puerta.

Bishop se apartó sin decir nada.

Lucas pasó a su lado, pero se volvió antes de llegar a la escalera. Bruscamente, dijo:

– Lo siento. No puedo encontrarla por ti.

– ¿Por mí? Meredith Gilbert está…

– A ella no. A Miranda. No puedo encontrar a Miranda por ti.

La expresión de Bishop no se alteró, pero la cicatriz que cruzaba su mejilla izquierda palideció, haciéndose más visible.

– Yo no te lo he pedido -dijo después de una pausa momentánea.

– No hacía falta. Capto el miedo, ¿recuerdas?

Bishop no dijo ni una palabra. Se quedó allí y vio alejarse a Lucas hasta que éste se perdió de vista.


– He estado a punto de no llamarte -dijo Pete Edgerton cuando Bishop se reunió con él en la carretera que pasaba por encima del barranco-. Si te soy sincero, me sorprende que todavía andes por aquí. Hace tres semanas que cerramos la investigación.

Bishop no comentó nada al respecto. Se limitó a decir:

– ¿Jordan está ahí abajo?



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