No debería acabar así, sucia y furtiva, en medio de la basura y la roña de la ciudad. Debería terminar en un claro en el bosque, la ropa abandonada en la espesura, estirada desnuda, sintiendo el fresco de la tierra y la brisa nocturna haciéndome cosquillas en la piel. Debería quedarme dormida en el pasto, exhausta, sin pensar, sólo con los vapores de la satisfacción flotando en mi mente. Y no debería estar sola. En mi mente imagino a otros, descansando en derredor sobre el pasto. Oigo los ronquidos familiares, susurros y risas ocasionales. Siento la piel cálida junto a la mía, un pie desnudo enganchado en mi pantorrilla, que se agita al soñar que corre. Puedo olerlos, su sudor, su aliento, mezclados con el perfume de la sangre, de un ciervo muerto en la cacería. La imagen se hace añicos y me encuentro mirando una vidriera donde mi reflejo devuelve la mirada. Siento el pecho oprimido, de una soledad tan profunda y completa que no puedo respirar.

Giro rápidamente y golpeo el objeto más cercano. Resuena un poste de la luz. El dolor me recorre el brazo. Bienvenida de vuelta a la realidad: Cambio en callejones y me arrastro de regreso a mi departamento. Mi condena es vivir entre dos mundos. Por un lado, la normalidad. Por el otro, hay un lugar donde puedo ser lo que soy sin temor a represalias, donde puedo asesinar y ni siquiera provocar un gesto de quienes me rodean, donde incluso se me alienta a hacerlo para proteger ese mundo. Pero lo dejé.

Al caminar hacia el departamento, puedo sentir mi ira contra el pavimento a cada paso. Una mujer acurrucada bajo una pila de mantas sucias me mira al pasar e instintivamente se hunde más en su nido. Al dar la vuelta a la esquina, aparecen dos hombres que me evalúan como presa. Resisto apenas el impulso de gruñirles. Camino más rápido y parecen decidir que no vale la pena perseguirme. No debería estar aquí Debería estar en casa, en la cama, no recorriendo el centro de Toronto a las cuatro de la madrugada.



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