Cuando e1 segundo coyote sale volando, el otro se me lanza directo a la cara. Agachándome, lo tomo de la garganta, pero mis dientes muerden pelo en vez de carne y él logra escabullirse. Trata de retroceder para atacar de nuevo, pero me lanzo sobre él, obligándolo a afirmarse contra un árbol. Se alza en dos patas, tratando de escapar. Lanzo mi cabeza, apuntando a su garganta. Esta vez lo tomo bien. La sangre llena mi boca, salada y gruesa. El compañero del coyote aterriza en mi espalda. Siento que se me aflojan las piernas. Dientes que se hunden en la piel suelta bajo mi cráneo. Siento un nuevo dolor. Concentrándome, mantengo aferrada la garganta del primero. Me afirmo, luego suelto un segundo, lo suficiente como para dar el golpe fatal y desgarrar. Al retirarme, la sangre que salta me ciega. Cierro los ojos y giro fuerte la cabeza, desgarrando la garganta del coyote. Cuando siento que está muerto, lo arrojo a un costado. Luego me lanzo al suelo y ruedo. El coyote en mi espalda chilla de sorpresa y me suelta. Me levanto y giro en un solo movimiento, lista para acabar con este otro animal, pero se escabulle en la maleza. Un destello de su cola y se ha ido. Miro el coyote muerto. De su garganta sale sangre que la tierra bebe sedienta. Siento un sacudón, como el último temblor de deseo satisfecho. Cierro los ojos y tengo un escalofrío. NO fue mi culpa. Me atacaron. El barranco está en silencio, haciéndose eco de la calma que me inunda. No canta siquiera un grillo. El mundo está oscuro, silencioso y dormido.

Trato de examinar y limpiar mis heridas, pero están fuera de mi alcance. Me estiro y evalúo el dolor. Dos cortes profundos, los dos sangrantes, aunque sólo lo suficiente como para mancharme la piel. Viviré. Giro e inicio el camino de regreso a la ciudad, saliendo del barranco.


Cambio al volver al callejón. Luego me visto y salgo a la vereda como un drogadicto al que hubieran pescado in fraganti Siento frustración.



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