
En la puerta de mi departamento me detengo y respiro hondo. No debo despertar a Philip. Y si lo hago, no debo permitir que me vea así. No necesito un espejo para saber cómo me veo, con la piel tensa, el color subido, los ojos incandescentes de ira que ahorasiempre vienen con el Cambio. Definitivamente nada normal.
Cuando finalmente entro al departamento escucho la respiración de él que me llega desde el cuarto. Aún duerme. Estoy casi en el baño cuando se interrumpe la respiración.
– ¿Elena? -musita adormilado.
– Voy al baño.
Trato de pasar la puerta, pero ahora está sentado, mirándome con su miopía. Frunce el ceño.
– ¿Vestida? -dice.
– Salí.
Un momento de silencio. Se pasa la mano por el pelo oscuro y suspira.
– Es peligroso. Carajo, Elena. Te lo dije la semana pasada. Despiértame e iré contigo.
– Necesito estar sola. Para pensar.
– Es peligroso.
– Lo sé. Lo siento.
Me meto en el baño, y me quedo más de lo imprescindible. Hago de cuenta que uso el inodoro, me lavo las manos con suficiente agua como para llenar un yacuzzi, luego encuentro una uña que necesita de mi atención. Cuando finalmente creo que Philip se ha vuelto a dormir, voy al cuarto. Está encendido el velador. El se encuentra sentado, con los anteojos puestos. Vacilo en la puerta. No me decido a pasar la puerta, meterme en la cama con él. Me odio por eso, pero no puedo hacerlo. El recuerdo de la noche perdura y me siento fuera de lugar.
