Como no me acerco, Philip baja las piernas de la cama y se sienta.

– No quise ladrarte -dijo-. Pero me preocupo. Sé que necesitas libertad y trato…

Se detiene, frotándose la boca con la mano. Sus palabras me cortan. Sé que no me quiere reñir, pero lo hace. Para mi es un recordatorio de que estoy jodiendo la cosa, de que tengo suerte de haber encontrado a alguien tan paciente y comprensivo como Philip, pero estoy desgastando su paciencia a velocidad supersónica y parece que no puedo hacer más que esperar a que suceda el desastre.

– Sé que necesitas libertad -dice nuevamente-. Pero tiene que haber otra manera. Quizá podrías salir de mañana. Si prefieres que sea de noche, podríamos ir al lago en el auto. Podrías caminar. Y yo me quedo en el auto y te cuido. Quizá podría caminar contigo. Quedarme veinte pasos detrás de ti. -Logra sonreír.

_Quizá no. Probablemente me arrestarían por cuarentón que anda acechando a una jovenzuela.

Se detiene y luego se inclina hacia delante.

– Ahí, Elena, es cuando tú dices que a los cuarenta y un años no se es ningún cuarentón.

– Ya veremos qué se puede hacer -digo.

No se puede hacer nada. Tengo que correr de noche y tengo que hacerlo sola. No hay manera de llegar a un acuerdo.

Viéndolo sentado al borde de la cama, sé que lo nuestro no tiene futuro. Mi única esperanza es lograr que la relación sea tan perfecta en todos los demás sentidos como para que Philip llegue a aceptar esta excentricidad. Para lograrlo el primer paso tendría que ser que me meta en la cama, lo bese y le diga que lo amo. Pero no puedo hacerlo. Esta noche no. Esta noche soy otra cosa, algo que él no conoce y no podría entender. No quiero ir a él así.

– No estoy cansada -digo-. No me voy a acostar. ¿Quieres desayunar?

Me mira. Vacila y sé que he fallado… otra vez. Pero no dice nada. Vuelve a sonreír.



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