
Philip se rió y me despeinó con la mano.
– ¿Tienes ganas de caminar? Me doy una ducha mientras tú terminas de ver el programa.
– Suena bien.
Philip se dirigió al baño para darse una ducha. Yo fui hasta la heladera y tomé un pedazo de provolone que había escondido antes entre las verduras. Cuando sonó el teléfono, lo ignoré. Comer era más importante y dado que Philip ya tenía abierta la canilla, no podría escucharlo sonar y saber que yo no lo contestaba. Me equivoqué. Al oirlo cerrar la canilla, volví a esconder el queso y corrí hasta el teléfono. Philip era la clase de tipo que atendía el teléfono durante la cena y dejaba que se le enfriara la comida para contestar las preguntas de una encuesta telefónica. Trataba de seguir su ejemplo, al menos cuando estaba él. Estaba a medio camino cuando empezó a funcionar el contestador. Mi voz lanzó un saludo nauseabundamente alegre que invitó a la persona que llamaba a dejar un mensaje. Y ésta lo hizo.
– ¿Elena? Habla Jeremy -me detuve-. Por favor llámame. Es muy importante. Llama en cuanto puedas.
Su voz se interrumpió. El teléfono siseó cuando tomó aire. Sabía que estaba tentado de decir algo más, de lanzar un ultimátum, pero no podía. Teníamos un acuerdo. No podía venir aquí ni enviar a ninguno de los otros. Resistí el impulso de sacarle la lengua al contestador. Ña-ña, no me puedes agarrar. La madurez es algo a lo que se le da un valor exagerado.
– Es urgente Elena -continuó Jeremy-. No te llamaría si no fuera así Sabes que no llamaría si no fuera así.
Philip iba a atender, pero Jeremy ya había colgado. Él tomó el auricular y me lo acercó. Yo desvié la mirada y me fui al sillón.
– ¿Elena? -dijo-. ¿No vas a llamarlo?
