
Huelo el abandono y el desgaste de su cuerpo. Huele a debilidad, como un ciervo anciano empujado al borde de la manada, fácil de cazar para los depredadores. Si tuviera hambre olería a cena. Por suerte aún no, por lo que no tengo que contener la tentación, el conflicto, la repulsión. Resoplo y el aire se condensa al salir de mi nariz, luego me doy vuelta y salgo corriendo por el callejón.
Más allá hay un restaurante vietnamita. El olor a comida está metido en la madera del edificio. En una extensión del edificio, al fondo, gira lentamente el ventilador de un extractor, tocando a cada vuelta el protector metálico. Bajo el ventilador hay una ventana abierta. Cortinas con dibujos desleídos de girasoles salen a la brisa nocturna. Oigo gente en el interior, un cuarto lleno de gente, gruñidos, silbidos de gente dormida. Quiero verla. Quiero meter el hocico por la ventana abierta y mirar al interior Una mujer lobo puede divertirse mucho con un cuarto lleno de gente desprotegida.
Comienzo a adelantarme pero me detiene un repentino crujido y un siseo. El siseo se hace más suave, luego lo ahoga la voz aguda de un hombre, las palabras como ramas quebradas. Vuelvo la cabeza a cada lado, el radar busca la fuente. Está más adelante. Abandono el restaurante y voy hacia él. Somos curiosos por naturaleza.
Está parado en un estacionamiento para tres autos, en el pasaje estrecho entre edificios. Tiene un walkie-talkie pegado al oído y se apoya en un codo, contra un edificio de ladrillos, tranquilo, pero no descansa.
