Sus hombros están relajados. Su mirada se pierde. Está confiado en que tiene derecho a estar allí y no teme a la noche. Probablemente ayuda a esa actitud el arma que pende de su cinto. Deja de hablar, toca un botón y mete el walkie-alkie en su funda. Sus ojos observan una vez todo el estacionamiento, hace el inventario y, al no ver nada que requiera su atención, se mete más al interior del l laberinto del callejón. Esto podría ser entretenido. Lo sigo.

Mis uñas golpetean en el pavimento. No parece notarlo. Acelero esquivando bolsas de basura y cajas vacías. Finalmente estoy lo suficientemente cerca. Escucha el sonido sostenido de mis uñas y se detiene. Me oculto tras un basurero, y lo espío. Se vuelve y trata de ver en la oscuridad. Luego sigue adelante. Lo dejo alejarse unos pasos y continúo. Esta vez cuando se detiene, espero un segundo más antes de ocultarme. Deja escapar una maldición apagada. Ha visto algo, un destello de movimiento, una sombra que parpadea, algo. Su mano derecha va al arma, acariciando el metal y luego la retira, como si le bastara para sentirse tranquilo. Vacila, luego mira a un lado y al otro del callejón, y advierte que está solo y no muy seguro de qué hacer al respecto. Murmura algo, luego sigue adelante, un poco más rápido.

Al caminar sus ojos van de lado a lado, alerta, al borde de la alarma. Respiro profundo, y registro apenas brisas de temor, lo suficiente para hacerme latir fuerte el corazón pero no como para perder el control. Es una presa aceptable para un juego de caza. No va a escapar. Puedo controlar la mayoría de mis impulsos. Puedo acecharlo sin matarlo. Puedo soportar la primera sensación de hambre sin matarlo. Puedo verlo sacar el arma sin matarlo. Pero si huye no podré detenerme. Esa es una tentación contra la que no puedo luchar. Si corre, lo persigo. Si lo persigo, me mata o lo mato.

Al dar la vuelta por otro callejón, comienza a tranquilizarse.



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