
Mis piernas adquieren ritmo antes de llegar a la mitad del barranco. Cierro los ojos un segundo y siento el viento en el hocico. Al golpear mis patas contra la tierra endurecida, hay pinchazos de dolor en mis piernas, pero me hacen sentir viva, como si me despertara de golpe luego de dormir demasiado. Los músculos se contraen y extienden en perfecta armonía. Con cada paso siento dolor y un estallido de felicidad física. El cuerpo me agradece el ejercicio, y me premia con golpes de adrenalina casi narcotizantes. Cuanto más corro, más liviana me siento, el dolor se libera como si mis patas ya no golpearan la tierra. Incluso en el fondo del barranco siento que corro cuesta abajo, incrementando mi energía. Quiero correr hasta eliminar toda la tensión de mi cuerpo, y que no quede nada más que las sensaciones del momento. No podría detenerme aunque quisiera. Y no quiero.
Las hojas muertas crujen bajo mis patas. Una lechuza canta suavemente en el bosque. Terminó su cacería y descansa contenta, no le importa quién anda por ahí. Un conejo sale corriendo de los arbustos delante de mí, advierte su error y vuelve a ocultarse en la maleza. Sigo corriendo. Mi corazón golpea alerte. El aire se siente helado contra el calor de mi cuerpo, arde al pasar por mi nariz hacia los pulmones. Respiro hondo, disfrutando del shock que produce al llegar a mi interior. Corro demasiado rápido como para oler algo. En mi cerebro percibo algunos rostros en una mezcolanza que huele a libertad. Ya incapaz de resistirlo, finalmente me detengo, lanzo la cabeza hacia atrás y aúllo. La música sale de mi pecho en una evocación tangible de pura felicidad. Hace eco en la barranca y sube al cielo sin luna, para que todos sepan que estoy aquí. ¡Soy dueña de este lugar! Cuando acabo, bajo la cabeza, jadeando por el esfuerzo. Estoy parada allí, mirando hojas amarillas y rojas de arce esparcidas por el suelo, cuando finalmente un sonido logra atravesar hasta mi conciencia. Es un gruñido, un gruñido suave de amenaza. Hay un pretendiente a mi trono.
