
Alzo la vista y veo un perro amarillo amarronado a pocos metros. No, no es un perro. Mi cerebro tarda un segundo, pero finalmente reconocer eñ animal. Un coyote. Tardo un segundo en advertirlo porque es algo inesperado. He oído hablar de coyotes en la ciudad pero nunca me encontré con uno. El coyote se siente igualmente confundido por mí. Los animales no logran entender qué soy. Huelen a humano, pero ven un lobo y justo cuando deciden que la nariz los engaña, me miran a los ojos y ven un humano. Cuando me encuentro con perros, huyen o atacan de inmediato. El coyote nohace ninguna de las dos cosas. Alza el hocico y huele el aire, luego se eriza y hace un gruñido prolongado con los labios estirados. Es de la mitad de mi tamaño, no vale la pena. Se lo hago saber con un gruñido cansino y un sacudón de la cabeza que dicen “ya vete". El coyote no se mueve. Lo miro un momento. Desvía la mirada.
Resoplo, vuelvo a sacudir la cabeza y lentamente le doy la espalda. Estoy a medio giro cuando veo una piel marrón que se lanza contra mi hombro. Me lanzo al costado, ruedo, luego me pongo rápidamente de pie. El coyote me mira gruñendo. Respondo con un gruñido serio, el equivalente canino de "ahora me estás enojando". Él coyote se queda firme. Quiere pelea. Bien.
Se me eriza el pelaje, con la cola abriéndose en abanico. Bajo la cabeza entre los huesos de mis hombros y aplano las orejas. Le muestro mis dientes y siento el gruñido que sube por mi garganta y sale reverberando a la noche. El coyote no retrocede. Me agacho para saltar cuando algo me golpea duro en el hombro y me desequilibra. Siento dolor en el hombro. Tropiezo y giro para enfrentar a mi atacante. Un segundo coyote, gris-marrón, colgado de mi hombro, clavándome los colmillos hasta el hueso. Con un rugido de ira y dolor, me alzo y lanzo todo mi peso sobre el costado.
