Pero la memoria y el dolor de cabeza me convencían de que todo había sido real. En el espejo de a bordo vi la sangre coagulada sobre mi frente. Palpé la herida; el hueso estaba intacto: la cámara había abierto sólo la piel. Entonces, pese a todo, había ocurrido algo. ¿No se encontrarían ellos cerca de aquí, en la nieve? Examiné la secadora en busca de los esquíes: no había esquíes. Tampoco estaba el trineo de duraluminio utilizado en los casos de emergencia. Se esfumaron todas las cazadoras y gorros, a excepción de los míos. Abrí la puerta de salida y salté sobre el hielo: éste brillaba con un color azul bajo la nieve granulosa azotada por el viento. Zernov tenía razón al hablar sobre lo enigmático que era encontrar una capa tan fina de nieve en el interior del continente polar.

Cuando miré atentamente a mi alrededor, creí comprenderlo todo. Junto a nuestra "Jarkovchanka" se encontraba su hermana, igual de alta, igual de roja y cubierta por una ligera neviza. Seguramente ésta nos había alcanzado en el camino o, tal vez, nos había encontrado cuando regresaba a la estación Mirni. Ella misma fue la que nos salvó de la catástrofe. Así fue. Nuestro cruzanieves realmente cayó a una grieta, porque yo vi la huella de la caída a diez metros de allí: un agujero negro abierto en la nieve que ocultaba la grieta. Los tripulantes del otro cruzanieves vieron quizás nuestra caída (nos atascamos, evidentemente, en algún lugar cercano a la boca de la grieta) y lograron sacarnos junto con el desgraciado aparato.

– ¡Eh! ¿Hay alguien en el cruzanieves? -grité, en tanto que contorneaba su parte frontal.



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