Cuando finalmente recobré la conciencia, todo estaba tan claro y tranquilo como antes. Mis pestañas se levantaron con dificultad, provocándome un dolor agudo y punzante en las sienes. Ante mí se erguía un tronco rojo, liso y como pulido. ¿Qué es esto, un eucalipto o una palma? Quizás es un pino, cuyas ramas no logro ver: el dolor me impedía volver la cabeza. Mis manos tocaron algo duro y frío, tal vez una piedra; le empujé y rodó por el césped. Mis ojos buscaron la verdura del parque moscovita, pero, sin explicármelo, todo tornasolaba ocre. Y arriba, desde la ventana o desde el cielo, difundíase una luz blanca encegadora, tan encegadora que la memoria me trajo en el acto la inmensidad del desierto blanco y el brillo azul de la pared helada. Al momento lo comprendí todo.

Superando el dolor, me levanté un poco y me senté. Cuando miré alrededor caí en la cuenta: el césped marrón resultó ser el linóleo; el tronco rojo, la pata de la mesa, y la piedra bajo mi mano, la cámara de filmar. Ella fue posiblemente la que me golpeó en la cabeza cuando el cruzanieves se precipitó hacia abajo. ¿Mas, dónde estará Diachuk? Le llamé, pero no recibí respuesta. Zernov tampoco respondió, así como Vanó Chojeli.

En este silencio, diferente del silencio de la habitación donde se habita y trabaja (casi siempre hay algo que hace ruido: el goteo del agua, el crujir del piso, el tic-tac del reloj o el zumbido de una mosca que entra por la ventana) resonaba sólo mi voz. Llevé mi reloj de pulsera a mi oído: eran las doce y veinte minutos.

Logré levantarme y, sosteniéndome contra la pared, me acerqué al puesto de mando. Se encontraba vacío: de la mesa desaparecieron hasta los guantes y binóculos, y del respaldo de la silla, la cazadora de piel que pertenecía a Zernov. No se encontraba allí ni la libreta de apuntes de Zernov. Vanó desapareció también, así como su cazadora y manoplas. Eché una mirada a la escotilla anterior: su vidrio exterior estaba aplastado y abollado hacia adentro. Tras él, como si no hubiera ocurrido una catástrofe, resplandecía la nieve llana y diamantina.



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