
¿Qué hacer pues? ¿Correr a todo pulmón o encerrarme en el cruzanieves-doble y esperar que suceda algo que me enloquezca por completo? Me llegó a la mente el proverbio: "si lo que ves contradice las leyes de la naturaleza, el equivocado eres tú y no las leyes de la naturaleza". Mi temor había pasado, sólo me quedó la incomprensión y la ira. Entonces, sin esforzarme siquiera por tener cuidado, le pegué un puntapié al que yacía en el suelo. Este gimió y abrió los ojos. A poco se levantó sobre los codos, como lo hice yo, se sentó y miró inexpresivamente a su alrededor.
– ¿Dónde están los otros? -inquirió.
Yo no reconocía su voz: no era la mía, o tal vez era la mía, pero en grabación magnetofónica. Pero este fantasma era tan idéntico a mí, que ¡hasta pensaba en lo mismo en que yo había pensado cuando recobré el conocimiento!
– ¿Dónde están ellos? -interrogó de nuevo y gritó-: ¡Anatoli! ¡Diachuk!
Nadie le respondió, talmente como a mí.
– ¿Qué ha sucedido? -quiso saber.
– No lo sé -contesté.
– Creí que nuestro cruzanieves se había caído en una grieta y que algo nos había estremecido y lanzado contra la pared de hielo. Yo caí… después… Pero, ¿a dónde se fueron?
El no me reconocía.
– ¡Vanó! -llamó de nuevo mientras se levantaba.
Luego imperó el silencio, y todo lo que había sucedido quince minutos atrás se repetía asombrosamente igual. El llegó tambaleándose hasta el puesto de mando, tocó el sillón vacío del conductor, echó a andar hacia la secadora, notó allí, como yo, la ausencia de los esquíes y del trineo; luego recordándose de mí, se dio la vuelta:
