– ¿De dónde ha venido usted? -inquirió mientras me miraba con atención y, de pronto, tapándose el rostro con la mano, dio un paso atrás y exclamó-: ¡No puede ser! ¿Estoy durmiendo?

– Yo también creía eso… al principio -le dije.

Yo ya no tenía miedo.

Se sentó en el diván.

– Usted… tú… perdón… ¡Oh, diablo…! tú eres tan parecido a mí, que creo estar ante un espejo. ¿No eres tú un fantasma?

– No. Puedes palparme y comprobarlo.

– Entonces, ¿quién eres?

– Yo soy Yuri Anojin, el operador de cine y radista de la expedición -apunté con firmeza.

El dio un brinco.

– ¡No, eso no es cierto! ¡El Yuri Anojin soy yo; operador y radista de la expedición! -gritó él y se sentó de nuevo.

Ahora ambos hacíamos mutis, examinándonos mutuamente: uno miraba con más tranquilidad, porque había visto y conocido un poco más; otro miraba con los ojos enloquecidos y repitiendo seguramente todos los pensamientos que surgieron en mi mente en el momento en que le vi a "él". Así, en el silencio de la cabina respiraban pesada y rítmicamente dos personas idénticas.

Capítulo 3 – "Nubes" rosadas

Ignoro el lapso que se prolongó esta escena. Sólo sé que finalmente él fue el primero en hablar:

– No comprendo nada.

– Yo tampoco.

– Ningún hombre puede, pues, duplicarse.

– Eso mismo creía yo.

Quedó pensativo.

– ¿Será posible que exista, a pesar de todo, la Reina de las Nieves?

– Repites -le dije- lo mismo que yo he pensado. Pensé también que la ciencia es un absurdo y un autoconsuelo.

Se rió confuso, como si hubiese sido llamado al orden por un compañero superior. Actualmente yo era respecto a él un superior. Y en el acto, le hice una proposición:

– Hemos bromeado y basta. Esto es un engaño físico y psíquico. ¿Qué tipo de engaño? Yo todavía no puedo responder a esa pregunta, pero sí sé que es un engaño, algo no real. Óyeme, vayamos a la caseta de Zernov.



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