
El tomó mis palabras al vuelo: pues él era mi reflejo. Nuestros pensamientos se concentraron en una misma cosa: ¿quedó intacto el microscopio? Resultó que no sufrió daño, pues se encontraba en su lugar dentro del armario. Los cristales para preparados tampoco sufrieron daño. Mi doble los sacó de la caja. Al comparar nuestras manos, hasta los callos y grietas eran idénticos.
– Ahora lo sabremos -le dije.
Nos pinchamos un dedo, regamos la sangre por los cristales y por turno observamos los preparados a través del microscopio. Nuestra sangre era también idéntica.
– Estamos hechos de un mismo material -afirmó sonriendo maliciosamente-. Eres una copia.
– La copia eres tú.
– No, eres tú.
– Espera -le detuve-, ¿quién te invitó a la expedición?
– Zernov. ¿Quién más podría ser?
– ¿Con qué objeto?
– ¿Me estás preguntando para después repetir lo que digo?
– No, estás equivocado. Yo mismo podría decírtelo. Para buscar las nubes rosadas, ¿no es así?
Arrugó el entrecejo tratando de recordar algo y preguntó con malicia:
– ¿Qué escuela terminaste?
– Querrás decir, instituto.
– Te pregunto sobre la escuela. ¿Qué número? ¿Lo olvidaste?
– Tú eres el que lo olvidaste. Yo terminé la N° 709.
– Correcto. ¿Y quién se sentaba a tu izquierda en el pupitre?
– ¿Por qué razón tú me interrogas a mí?
– Es sólo una prueba y nada más. Quiero saber si olvidaste a Lena. A propósito, ella después contrajo nupcias.
– Con Fibig -le señalé. Él suspiró.
– Nuestras vidas coinciden.
– Y, a pesar de todo, yo tengo la plena seguridad de que eres una copia, un fantasma, un alucinamiento -apunté furioso-. ¿Quién fue el primero en despertar? Yo. ¿Quién fue el primero en ver las dos "Jarkovchankas"? También yo.
