
Pero yo también callaba.
– Yuri, no te enfurezcas -dijo por fin Diachuk y comenzó a mascullar-. Leí el diario de Scott o algo por el estilo; no lo recuerdo ahora. A decir verdad, esto no es más que autohipnotismo. Alucinaciones del hielo. Sueños blancos.
– ¿Y qué me dice de Vanó? -inquirió Zernov.
– Bien, yo, como médico, considero…
– Usted es un matasanos -replicó Zernov-; así que, lo mejor sería que no hablara. En todo esto hay demasiadas incógnitas que nos impiden resolver a la ligera la ecuación. Comencemos por la primera incógnita. ¿Quién sacó el cruzanieves? Este estaba a una profundidad de tres metros y apresado por tenazas que ni las fábricas pueden construir. Además, su peso es de treinta y cinco toneladas. Ni un tractor-tren hubiese tenido fuerzas para hacerlo. ¿Con qué lo sacaron? ¿Con cables? ¡Absurdo! Los cables de acero hubieran dejado huellas en el cuerpo de la máquina. Ahora bien, ¿dónde están esas huellas?
Se levantó en silencio y caminó hasta su puesto de mando.
– Pero, Boris Arkádievich, ¡esto es una locura! -exclamó Anatoli a su espalda.
Zernov se dio la vuelta:
– ¿De qué habla usted?
– ¿Cómo que de qué? De las aventuras de Anojin, un nuevo Münchausen. "Dobles, nubes, flor vampiro, misteriosa desaparición…"
– Anojin, si no me equivoco, usted tenía su cámara de filmar en la mano cuando nosotros llegamos -recordó Zernov-. ¿Logró filmar algo?
– Sí, fotografié todo lo que pude fotografiar: la nube, la máquina doble y el acompañante similar a mí. Tomé películas durante unos diez minutos.
