Anatoli pestañeó, dispuesto a continuar aún la discusión. No quería entregarse.

– Ignoramos lo que veremos en esas películas después de ser reveladas.

– Ustedes lo verán ahora mismo -llegó a nosotros la voz de Zernov desde el puesto de mando-. Miren por la escotilla.

En dirección a nosotros, a medio kilómetro de altura volaba un largo buñuelo morado. Se destacaba claramente sobre el fondo del cielo cubierto de cirros y no tenía el aspecto de una nube. Asemejábase a una vela encarnada o a una enorme cometa de papel. Diachuk lanzó un grito y se abalanzó hacia la puerta. Nosotros seguimos en pos de él. La "nube" cruzó por encima de nosotros sin cambiar su curso y se dirigió hacia el norte, en dirección al recodo de la pared de hielo.

– Van hacia nuestra tienda de campaña -susurró Anatoli-. Perdóname, Yuri -y, extendiéndome su mano, agregó-: he sido un pobre idiota todo el tiempo.

No quise celebrar mi victoria.

– Esto no es una nube -continuó él pensativo, sopesando ciertas ideas que le inquietaban-, o sea, no es la condensación ordinaria del vapor de agua. No está constituido de gotas ni de cristales; por lo menos, a primera vista. Además, ¿por qué se sostiene tan cerca de la tierra y tiene un color tan raro? ¿Acaso es un gas? Lo dudo. Tampoco es polvo. Si hubiésemos tenido un avión, yo habría intentado tomar una muestra.

– Si te hubiesen dejado aproximar -señalé, recordando el obstáculo invisible y mis intentos por atravesarlo, llevando conmigo la cámara de filmar-. Esa "nube" presiona hacia abajo, como en los virajes cerrados. Y hasta con más fuerza. A la sazón, yo creía que mis botas eran magnéticas.

– ¿Crees que es algo animado?

– Es muy probable.

– ¿Crees que es un ser vivo?

– Es difícil aseverarlo. Podría ser una sustancia -recordé mi conversación con mi doble y agregué-: es probable que sea una sustancia controlada.

– ¿Cómo?

– Debes saberlo mejor que yo: eres meteorólogo.



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