
– A pesar de todo, tu hipótesis carece de lo más importante: no aclara la naturaleza físico-química de estos aparatos, no explica su base técnica ni el objeto para el cual fueron creados y son utilizados.
Llamar hipótesis a mi disparate, era posible sólo en un estado de delirium tremens. La inventé apresurado, como un juego, y persistí en su desarrollo por testarudez. Yo mismo comprendía muy bien que ésta no aclaraba nada y, esencialmente, no respondía a la pregunta por qué era necesario destruir los dobles que existieron sólo en mi mente e impedir que yo me acercara al misterioso laboratorio. Todo dependía ahora de la revelación de la película. Si el ojo de la cámara filmó lo mismo que vi yo, entonces la hipótesis mía no sería más que una broma pueril.
– Boris Arkádievich, necesitamos su ayuda -imploró Anatoli.
– ¿Para qué? -preguntó a su vez Zernov, que a primera vista parecía no escuchar nuestra conversación-. Anojin posee una gran imaginación; ésta es una cualidad maravillosa, tanto para un pintor, como para un científico.
– El ha expuesto ya su hipótesis.
– Cualquier hipótesis requiere verificación.
– Pero toda hipótesis tiene un límite de probabilidad real.
– El límite de la de Anojin -afirmó Zernov- está en el estado del hielo en esta región. Esa hipótesis no puede aclarar por qué y para qué son necesarias decenas o, quizás, centenas de kilómetros cúbicos de hielo.
Nosotros no comprendimos el pensamiento de Zernov y éste, al notarlo, se dispuso a explicárnoslo paciente y condescendientemente:
