En nuestro consejo de guerra decidimos regresar de nuevo al cruzanieves, hacer las reparaciones necesarias y continuar nuestro viaje. Justamente antes de nuestra "conferencia", conecté a Zernov con Mirni y recibimos el permiso para seguir investigando las "nubes" rosadas. Zernov informó en breves palabras sobre el accidente, mencionó las "nubes" que nosotros habíamos visto y la película filmada por mí. Pero no dijo nada sobre los dobles y otros misterios. "Es demasiado temprano para hacerlo" me dijo.

Mis compañeros habían elegido para su campamento un sitio muy apropiado, distante a un cuarto de hora en esquíes con viento favorable. La tienda de campaña estaba instalada en una gruta que la defendía del viento por tres lados. Pero la gruta de por sí producía una extraña impresión: era un cubo con paredes de hielo cuidadosamente cortadas, como si hubiesen sido pulidas con un cepillo, sin carámbanos ni salientes. Zernov, en silencio, golpeó el corte geométricamente correcto del hielo con el agudo bastón de esquiar, como si insinuara que la naturaleza no es capaz de realizar tales trabajos.

Vanó no se encontraba en la tienda de campaña y todo estaba en desorden. El horno y la caja con briquetas rodaban por el suelo, los esquíes estaban dispersos y la cazadora de conductor tirada en la entrada. Esto nos desconcertó y nos puso en guardia. Sin quitarnos los esquíes, corrimos en busca de Vanó, a quien encontramos cerca de la pared de hielo. Este estaba tendido sobre la nieve, abrigado sólo con un suéter. Su rostro sin afeitar y la cabellera negra cubierta por una fina capa de nieve. En su mano, separada del cuerpo, apretaba un cuchillo manchado de sangre congelada. En la nieve, cerca de su hombro, notábase una mancha de sangre. La nieve a su alrededor había sido pisoteada y todas las huellas que en ésta se veían eran de Vanó. Lo notamos por el tamaño gigantesco de sus zapatos.



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