Él estaba vivo. Cuando lo levantamos del suelo empezó a gemir, aunque no abrió los ojos. Por cuanto yo era el más fuerte, me lo subí a los hombros y eché a andar, en tanto que Anatoli lo sostenía por detrás de mí. Cuando llegamos a la tienda de campaña le despojamos del suéter: la herida era superficial y había perdido poca sangre. La sangre del cuchillo pertenecía posiblemente a su contrarío. Nosotros no temíamos tanto por la pérdida de sangre como por el sobreenfriamiento, porque desconocíamos el tiempo que había permanecido sobre la nieve. Pero, por suerte, el frío no era muy intenso y él poseía una contextura física bastante desarrollada. Frotamos su cuerpo con alcohol y, separando sus apretados dientes, le obligamos a beber un vaso lleno de éste. Vanó tosió, abrió los ojos y farfulló unas palabras en su idioma georgiano.

– ¡No te muevas! -le gritamos, en tanto que lo introducíamos en la bolsa de dormir, dejándolo como una momia.

– ¿Dónde está él? -preguntó de repente en ruso al volver en sí.

– ¿Quién? ¿De quién hablas?

No pudo responder, las fuerzas le abandonaron y comenzó a delirar. Era imposible comprender algo en el caos de palabras rusas y georgianas.

– La Reina de las Nieves… -llegué a oír.

– Está delirando -dijo acongojado Anatoli.

Sólo Zernov se mantenía en calma.

– Hombre de hierro -afirmó Zernov refiriéndose a Vanó, aunque hubiera podido aplicar esas palabras a sí mismo.

Decidimos aguardar hasta la noche antes de emprender el viaje, tanto más que la mañana y la noche tenían la misma claridad y Vanó necesitaba dormir: el alcohol empezaba a actuar. Un sueño extraño se apoderó también de nosotros. Anatoli gruñó, se metió en el saco de dormir y quedó inmóvil. Zernov y yo nos esforzamos por permanecer despiertos, fumamos un cigarrillo, hasta que, finalmente, nos acostamos, después de reírnos al mirarnos mutuamente.

– Descansaremos una horita y luego emprenderemos el camino.



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