
– ¡No te muevas! -le gritamos, en tanto que lo introducíamos en la bolsa de dormir, dejándolo como una momia.
– ¿Dónde está él? -preguntó de repente en ruso al volver en sí.
– ¿Quién? ¿De quién hablas?
No pudo responder, las fuerzas le abandonaron y comenzó a delirar. Era imposible comprender algo en el caos de palabras rusas y georgianas.
– La Reina de las Nieves… -llegué a oír.
– Está delirando -dijo acongojado Anatoli.
Sólo Zernov se mantenía en calma.
– Hombre de hierro -afirmó Zernov refiriéndose a Vanó, aunque hubiera podido aplicar esas palabras a sí mismo.
Decidimos aguardar hasta la noche antes de emprender el viaje, tanto más que la mañana y la noche tenían la misma claridad y Vanó necesitaba dormir: el alcohol empezaba a actuar. Un sueño extraño se apoderó también de nosotros. Anatoli gruñó, se metió en el saco de dormir y quedó inmóvil. Zernov y yo nos esforzamos por permanecer despiertos, fumamos un cigarrillo, hasta que, finalmente, nos acostamos, después de reírnos al mirarnos mutuamente.
– Descansaremos una horita y luego emprenderemos el camino.
