
La luna de miel fue también casi perfecta. A Freddie le habían prestado una casa y un yate en el cabo Cod, y fue allí donde pasaron las primeras cuatro semanas de su matrimonio, completamente solos. Al principio Sarah se mostró un tanto tímida, pero Freddie era amable y atento, y era un placer estar con él. Mantenía a todas horas la compostura, algo inusual en él. Ella descubrió que su marido era un magnífico navegante. Por encima de todo, se sentía feliz al comprobar que ya no bebía como antes, algo que le había venido preocupando desde antes de la boda. Tal y como él le dijo, tan sólo se trataba de momentos de diversión.
La luna de miel fue tan maravillosa que sintieron pesadumbre al tener que volver a Nueva York en julio, pero la gente que les había prestado la casa estaban a punto de regresar de Europa. Sabían que su deber era empezar a organizarse e irse a vivir a su casa, un apartamento que habían encontrado en Nueva York, en la parte residencial de la zona este. De todas maneras, pasarían el verano en Southampton con sus padres, hasta que las reformas en la decoración y otros detalles quedaran listos.
Una vez llegaron a Nueva York, después del día del Trabajo, Freddie no encontraba el momento de ponerse a trabajar. A decir verdad, estaba demasiado ocupado para hacer nada que no fuera ver a los amigos. Y parecía que la bebida volvía a ser una de sus aficiones preferidas. Sarah ya se lo había notado durante el verano, cada noche que él volvía de la ciudad. Y ahora que ya se habían mudado al apartamento, era imposible no darse cuenta. Aparecía borracho cada tarde, tras pasar el día con los amigos. A veces, ni se dignaba aparecer por casa hasta bien entrada la medianoche. En alguna ocasión Freddie la llevó a bailar o a alguna fiesta; él era siempre el centro de atención, el mejor amigo de todo el mundo, porque todos sabían que estar con Freddie van Deering era sinónimo de pasárselo en grande. Todos menos Sarah, que empezó a sentirse desesperadamente infeliz mucho antes de Navidad. Nunca más volvió a mencionar la posibilidad de trabajar, y siempre que Sarah intentaba abordar el tema no recibía de él más que desaires, por mucho tacto que empleara al hacerlo. No quería saber nada que no fuera beber o divertirse.
