
Al llegar enero, a Jane le extrañó el pálido aspecto de su hermana, y la invitó una tarde a tomar el té para averiguar qué le sucedía.
– Estoy bien -dijo.
Quiso restar importancia a las muestras de preocupación de su hermana pero, una vez servido el té, su cara palideció aún más y no pudo terminar de bebérselo.
– Cariño, ¿qué sucede? ¡Dímelo, te lo ruego! ¡Debes hacerlo!
Jane sabía desde antes de Navidad que algo no iba bien. Sarah nunca estuvo tan reservada como en la cena de Nochebuena en casa de sus padres. Freddie los cautivó a todos en el brindis con aquellos versos dedicados a toda la familia, incluyendo a los criados, que trabajaban en aquella casa desde hacía años, y a Júpiter, el fiel perro de los Thompson, que se mordía la cola mientras los demás aplaudían encantados con el poema. Nadie pareció darse cuenta de que llevaba ya algunas copas más de la cuenta.
– En serio, estoy bien -insistió Sarah.
Y entonces rompió a llorar, refugiándose entre los brazos de su hermana y, entre sollozos, admitió que las cosas no funcionaban bien. Era desgraciada. Freddie nunca estaba en casa, siempre estaba fuera, en compañía de sus amigos. Sin embargo, no comentó su temor de que algunas de aquellas amistades pudieran ser mujeres. Había intentado por todos los medios atraer la atención de su marido para pasar más tiempo juntos, pero él no parecía tener el más mínimo interés. Bebía más que nunca. Se tomaba la primera copa antes del mediodía, incluso a veces nada más levantarse por la mañana, y continuaba insistiendo en que no había motivo de preocupación. La llamaba «su pequeña niña remilgada», y le divertía mostrarse indiferente cuando mostraba inquietud por él. Para colmo de desgracias, acababa de recibir la noticia de que estaba embarazada.
