
– ¿De veras? -preguntó Sarah, volviendo sus enormes ojos grises hacia su hermana mayor, que acababa de cumplir 21 años, y que a sus ojos aparecía infinitamente más juiciosa.
Fue un gran alivio para ella saber que alguien se había sentido igual de nerviosa y confusa antes de casarse.
De lo único que Sarah no tenía duda era del amor que le profesaba a Freddie, de la clase de hombre que era y de la felicidad que experimentarían una vez casados. Lo que sucedía ahora era que habían excesivas diversiones, demasiadas distracciones, fiestas y confusión. A Freddie sólo le preocupaba salir y pasárselo bien. No habían mantenido una conversación seria desde hacía semanas, y él todavía no se había pronunciado sobre sus proyectos profesionales, tan sólo se limitaba a decirle que no se preocupara. No se molestó en aceptar el trabajo del banco a primeros de año porque había tanto que hacer antes de la boda que un empleo hubiera distraído demasiado su atención. Por aquel entonces, Edward Thompson ya tenía una impresión muy desfavorable de los planes de trabajo de Freddie, pero se abstuvo de comentárselo a su hija. Había hablado de ello con su mujer, y Victoria Thompson estaba segura de que después de la boda Freddie sentaría la cabeza. Al fin y al cabo, había estudiado en Princeton.
La boda se celebró en junio, y los minuciosos preparativos valieron la pena. La ceremonia, preciosa, se celebró en la iglesia de Santo Tomás, en la Quinta Avenida, y el banquete se ofreció en el Saint Regis. Asistieron cuatrocientos invitados que se deleitaron con una música maravillosa y una comida que resultó exquisita, y las catorce damas de honor estaban encantadoras con sus vestidos de organdí, de un delicado color melocotón. Sarah llevaba un primoroso vestido de encaje blanco, con una cola de seis metros, y un velo de encaje del mismo color, que había pertenecido a su bisabuela. Estaba realmente arrebatadora. El sol brilló radiante todo el día, y Freddie no podía estar más atractivo. Fue, en todos los sentidos, una boda perfecta.
