– ¡Pero eso es maravilloso! -exclamó Jane, con satisfacción-. ¡Yo también! -añadió, y a Sarah se le escapó una sonrisa entre las lágrimas, al verse incapaz de explicar a su hermana mayor lo desdichada que se sentía.

Jane llevaba una vida distinta por completo. Su marido era un hombre serio y respetable, feliz de estar casado con una mujer como la suya, mientras que, probablemente, no fuera ése el caso de Freddie van Deering, un hombre encantador, divertido e ingenioso, pero con una manera de ser incapaz de entender el significado de la responsabilidad. Y Sarah empezaba a sospechar que no la tendría nunca. Todo continuaría como hasta entonces. Hasta su padre compartía esa creencia, pero Jane seguía convencida de que todo acabaría por salir bien, especialmente cuando hubiera nacido la criatura. Ambas se dieron cuenta de que sus respectivos embarazos se habían producido exactamente al mismo tiempo (de hecho, era sólo cuestión de días), y esa pequeña coincidencia alegró a Sarah durante unos instantes, antes de volver a su solitario apartamento.

Como era de esperar, Freddie no estaba en casa. No regresó en toda la noche, sino al día siguiente, al mediodía, y le dijo que estaba arrepentido, que la noche anterior había estado jugando al bridge hasta las cuatro de la madrugada, pero que luego no había querido volver a casa por miedo a despertarla.

– ¿Eso es todo cuanto puedes decirme? -inquirió Sarah con vehemencia.

Por primera vez, ella le volvió la espalda, enojada, y él se quedó pasmado ante el tono de sus palabras. Su esposa siempre había tenido un comportamiento muy comedido, pero esta vez parecía estar enfadada de verdad.

– ¿Qué quieres decir con eso? -se extrañó él.

Fue incapaz de decir nada más, y se quedó allí, con la boca abierta, como un pequeño Tom Sawyer, con aquellos ojos tan azules e inocentes abiertos como platos, y su pelo castaño.



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