– ¿Y tú me lo preguntas? ¿Qué haces tú cada noche fuera de casa hasta las dos de la madrugada? -le espetó con rabia, dolor y decepción.

Él sonrió como un crío, convencido de que podría seguir engañándola durante toda la vida.

– A veces te pones a tomar unas copas y no te das cuenta de la hora. Eso es todo. Y me parece mejor quedarme donde esté que no volver a casa si tú ya estás durmiendo. Ya sabes que no quiero molestarte, Sarah.

– ¡Bueno! ¿Y qué te crees que haces? Siempre te vas con los amigos, y regresas cada noche borracho. Se supone que un marido no debe comportarse así.

Estaba a punto de estallar.

– ¿Ah, no? ¿Piensas por casualidad en tu cuñado, en la gente normal que trata de ser algo en la vida y se empeña en ello con ilusión? Lo siento, querida, pero yo no soy Peter.

– Nunca te he pedido que lo fueras. Lo que me gustaría saber es qué clase de hombre eres tú. ¿Con quién me he casado? Nunca nos vemos como no sea en una fiesta y, entonces, te dedicas a jugar a las cartas con tus amigos, a hablar de vuestras cosas y a beber. Y cuando te marchas por ahí…, ¡sabe Dios a dónde vas! -exclamó con tristeza.

– ¿Acaso preferirías que me quedara contigo en casa?

Parecía como si aquella situación le divirtiera y, por primera vez, Sarah observó algo mezquino y perverso en sus ojos. Pero ella estaba dispuesta a enfrentarse con él, a reprocharle su ritmo de vida, su adicción al alcohol.

– Pues sí, preferiría que te quedaras conmigo en casa. ¿Acaso te parece algo tan difícil de entender?

– No, me parece más bien estúpido. Te casaste conmigo porque yo era una persona con la que todo el mundo se lo pasaba bien, ¿no? Si hubieras querido un tipo aburrido como tu cuñado me imagino que lo habrías encontrado. Pero el caso es que me quisiste a mí. Y ahora quieres convertirme en alguien como él. Pues bien, querida, puedo asegurarte que eso no sucederá nunca.



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