– ¿Y qué ocurrirá entonces? ¿Te pondrás a trabajar? El año pasado se lo prometiste a mi padre y no lo has hecho.

– No necesito trabajar, Sarah. Empiezas a cansarme. Deberías alegrarte de no estar casada con un hombre que se vea obligado a arrastrarse por ahí buscando un trabajo penoso con el que poder alimentar a los suyos.

– Pues mi padre piensa que te iría muy bien. Y yo también lo creo.

Fue lo más valiente que le había dicho hasta entonces. No en vano se había pasado en vela toda la noche anterior, pensando en lo que le habría de decir cuando regresara. Tan sólo anhelaba que la vida se portara con ella un poco mejor, tener un marido de verdad antes de que naciera la criatura.

– Tu padre pertenece a otra generación, y tú pareces tonta.

Sus ojos tenían un brillo especial.

Al oír estas palabras, pensó que ya debía habérselo figurado desde el momento en que lo vio entrar por la puerta. Había bebido. Sólo era mediodía, pero su embriaguez era evidente. Se lo quedó mirando y sintió asco.

– Quizá sería mejor discutirlo en otro momento.

– Creo que es una buena idea.

Ese mismo día volvió a salir, pero regresó antes de lo habitual. Al día siguiente hizo el esfuerzo de levantarse temprano, y sólo entonces cayó en la cuenta de lo mal que lo estaba pasando su mujer. Incluso llegó a asustarse cuando hablaron del tema durante el desayuno. Todos los días acudía una mujer a limpiar la casa, planchar la ropa y prepararles la comida si era necesario. Por lo general, a Sarah le gustaba cocinar, pero desde hacía un mes se le habían quitado todas las ganas, aunque, después de todo, Freddie no había tenido ocasión de notarlo.

– ¿Te pasa algo? ¿Estás enferma? ¿Crees que habría que ir al médico? -preguntó preocupado, mientras la observaba por encima del periódico.



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